La Primera Vez

La primera vez dicen que duele. Y es cierto. No se me ocurre nada peor que estar solo delante de un montón de gente que se tiene que reír de lo que digas. Quizá estar solo delante de un montón de gente que no se tiene que reír. Pero no hablemos de Rajoy.

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Hay que empezar a romper mitos sobre romper hímenes. Por supuesto, hablando metafóricamente del desvirgamiento que supone subirte por primera vez a un escenario a contar tus mierdas cómicas. De sexo yo no hablo porque de lo que no sé, no opino (por eso no uso mucho las redes sociales) y además soy mocito (pero no feliz).

Admitámoslo: La primera vez no siempre se produce el orgasmo de la sagrada comunión entre público y comediante. Todo en esta vida requiere de práctica. No digo que no pueda ser placentero... Pero a veces decepciona.

Recuerdo la primera vez que me subí a un escenario a hacer un monólogo de stand up, pese a que estuve años intentando olvidarla. Se probaba texto en aquella época (cuando los open mics eran campo) con la otrora Paramount Comedy, ahora Comedy Central, en la otrora sala Garibaldi, ahora una tienda especializada en comida vegana para gatos.

Yo acababa de llegar a Madrid con mi maleta atada con cuerdas y mis gallinas. Un compañero mucho más experimentado (llevaba ya casi tres meses en esto de los monólogos), mientras esperábamos en el cuartucho trasero al escenario que hacía las veces de camerino, me comentó que la primera vez no estaba tan mal. Venían tus amigos, tu familia, tus compañeros de trabajo, etc y algo se reían, aunque fuese por ver al colega hacer el tonto o por vergüenza ajena. Lo chungo era la segunda vez, cuando no había nadie conocido y te enfrentabas a un grupo de personas a las que quizá no les ibas a hacer ni puta gracia. Eso me tranquilizó tanto como un discurso de Donald Trump. Sobre todo porque no había ni un solo conocido en la sala, con lo que mi primera vez iba a parecerse a la segunda vez, que podría parecerse a un auténtico infierno.

Coincidí con muchos cuyas primeras veces se convirtieron en últimas y otros que (aún activos hoy día) se las ingeniaron de mil y un maneras para enfrentarse al pánico escénico del debut. Estaban los clásicos que ahogaban su miedo en alcohol o cualquier otra sustancia enajenadora o aquellos que se gastaban por adelantado el dinero que iban a ganar en esa actuación en algo que les gustaba para tener la recompensa no sólo en mente sino también en el camerino.

Steven Pressfield Atemorizado

El aficionado cree que primero debe vencer sus miedos y que cuando lo consiga ENTONCES podrá hacer su trabajo. El profesional sabe que el miedo no se puede vencer. Sabe que no existen guerreros sin miedo ni artistas que no estén atemorizados. 

El mismo Woody Allen reconoce que la primera vez que se subió a un escenario fue una experiencia horrible. Parece ser que, según sus representantes, el siguiente paso en su carrera de guionista de humor era convertirse en stand up comedia. Woody debutó en un local llamado Blue Angel, pero era tan tímido y estaba tan asustado que la gente empezó a ignorarle y a hablar entre ellos mientras él, presa de un ataque de nervios, se hacía un nudo en el cuello con el cable del micrófono. Quiso dejarlo porque pensaba que no tenía gracia como cómico. Afortunadamente le recomendaron insistir.

La primera vez que me subí a un escenario hice un minuto y medio , y me fue fatal, fue terrible. Pero tenía tantas ganas de hacerlo que seguí intentándolo. 

Louie CK Insistente

Jerry Seinfeld también recuerda que la primera vez que subió a un escenario se quedó de pie durante casi treinta segundos sin decir nada, presa de un ataque de pánico.

¿Cómo se soluciona? Podríamos recurrir a la famosa recomendación  para vencer el pánico escénico de imaginar a tu auditorio desnudo, pero, llamadme conservador, a mí no me relaja ponerme a hablar y decir tonterías delante de un montón de personas desnudas que me miran fijamente.  Además, si tienen que reírse, lo más efectivo es que me desnude yo.

Ángel MartínSuperviviente

Actuamos en la sala Garibaldi. Había un tipo llamado Marc de Alberdi que tenía un material espectacular. Llorábamos de la risa con él. No sé que estará haciendo ahora por cierto, pero llorábamos de risa con él. Fue el primero en actuar para romper el hielo y, al salir,  se hizo un silencio absoluto. Nadie, nadie se reía y todos nos vinimos abajo porque pensábamos que si él era el bueno y nadie se reía, los demás íbamos a morir. Y efectivamente, salimos al escenario y fue la mayor mierda que hayamos hecho nunca. Nos dimos una hostia muy espectacular.

¿Por qué subirte a un escenario entonces? ¿Para conseguir dinero gloria, poder, sexo, fama? Puede ser... Pero de todo se cansa uno. 

Aunque yo creo que es posible que sea por algún trauma infantil que nos hizo usar el humor como arma de integración social, o bien las risas ajenas producen adicción o porque tienes esa necesidad de compartir cosas con gente sin que te interrumpan subido a un escenario e iluminado por un foco. Es un tema que aún no he solucionado con mi psicoanalista, que me dijo que la cosa va para largo porque se quiere comprar otro yate.

Mi primer chiste lo hice con 5 o 6 años. Mi madre me mandó a comprar queso cortado fino a la tienda de al lado y el tendero lo hacía tan fino que se le partían las lonchas. Yo le dije, muy serio: “mi madre me ha pedido queso cortado fino, no rallado.” Ese chiste fue muy recordado en la tienda, supongo que fue mi primer hit.

Berto RomeroCheese Comedy

Fuera como fuese, es algo que escapa de tu control. Un día llegas a tu casa y (parafraseando al Capitán Vallecas) le dices a tu madre: “Mamá, quiero ser cómico” Tu madre se echa las manos a la cabeza y empieza a llorar mientras te dice “Hijo mío, si querías darnos un disgusto, ¿por qué no has hecho como el hijo del vecino y te has hecho drogadicto?” A lo que respondes: “Mamá, tranquila, que una cosa no quita la otra.”

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