Miedo a la hoja en blanco

Sin duda, el Fredy Kruger de las pesadillas de muchos creativos puede llegar a ser una simple hoja en blanco. Sin sombrero, sin garras, sin jersey de rayas.  Solo una hoja inexpresiva que te hace sudar.

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El denominado “síndrome de la hoja en blanco” o “bloqueo del escritor” aparece descrito por primera vez por el psicólogo austriaco Edmund Bergler (The writer and psychoanalisis, 1950), quien fue el primero en definirlo como “una condición mental que se exterioriza cuando el individuo necesita o quiere escribir algo y falla al intentar hacerlo.”

Resulta curioso que este fenómeno, que muchos consideran ficticio, ya que no se le da importancia a un “bloqueo del fontanero” o al “bloqueo del masturbador”, haya sido el tema recurrente de estudios como The Midnight Disease: The Drive to Write, Writer’s Block, and the Creative Brain  de la escritora y neuróloga Alice W. Flaherty o el artículo “Helping students overcome writer’s block” de Lawrence Oliver o Conceptual Blockbusting: A guide to better Ideas de James Adams.

Del mismo modo la falta de inspiración ha servido de inspiración (valga la paradoja) de innumerables relatos, historias y películas como el Ocho y medio de Fellini, Barton Fink de los Coen, El resplandor de Stephen King y las woodyallenescas Balas sobre Broadway y Desmontando a Harry. Esta última se convierte en una loa a este concepto por parte de alguien que, dada su productividad, no parece haberlo padecido nunca. No es raro encontrar a un escritor en la obra de Woody Allen en medio de un bloqueo. Incluso tiene una obra de teatro llamada así: “Writer´s Block”. Nada mejor para evitar el bloqueo de escritor que convertirlo en ficción.

Sin embargo, sí reconocen haberlo sufrido importantes autores como F. Scott Fitzgerald, J.K. Rowling, Rosa Montero o Ana María Matute, que contaba que estuvo 20 años sin poder escribir nada, sumida en la más horrible depresión y sin poder redimirse a través de la escritura.

¿Cómo solucionarlo? Si no quieres enfrentarte a un folio en blanco, lo mejor es comprar un cuaderno cuadriculado o cambiar el color del fondo de la pantalla. Y si no quieres enfrentarte a estos chistes tan tontos, mejor que no sigas leyendo porque no voy a poder evitarlo.

Eduardo Mendoza Esforzado Escritor

La tecnología ha cambiado el soporte de la famosa página en blanco, pero no ha eliminado el terror que suscita, ni el esfuerzo que hace falta para acometerla.

A la hora de escribir comedia, para más inri, muchos suponen que uno debe estar en un estado de animo festivo, tener una motivación especifica que permita echar unas risas e incluso bañarlo con un poco de alcohol o quizá aliñarlo con alguna sustancia...

No digo que no pueda ser así, pero en la mayoría de ocasiones en las que me he enfrentado a un papel en blanco con la intención de escribir comedia he sudado tinta para que el puto papel cambiara de color.

La imagen que más me llamó la atención cuando empecé a dedicarme profesionalmente a la comedia (es decir, a cobrar por escribir tonterías) es un señor, que soy yo mismo, forzándose a escribir sin ninguna gana de estar frente al ordenador. Quizá era una maquina de escribir, o una piedra y un martillo sílex, no recuerdo, hace tanto tiempo...

Dicen que decía Picasso que la inspiración debe pillarte trabajando y, en algunos casos, también la expiración y la extenuación. Aunque en el caso del genio de Pablo igual podía pillarlo trabajando que retozando con féminas. Él era mucho de las dos cosas.

Sin embargo el fotógrafo Chuck Close iba todavía más lejos al afirmar que «la inspiración es para los aficionados, el resto de nosotros simplemente se pone a trabajar».

¿Por qué enfrentarme la hoja en blanco? Porque me pagan. ¿Y si no me pagan? Porque tengo algo que contar.

Y esto nos enlaza con lo fundamental para escribir stand up: el tema, la premisa. El stand up no se basa en historias sino en premisas. ¿Por qué escribo esto? Porque es un tema que me afecta, que me importa, que me ha pasado.

No confundamos con la coletilla: “¿no os a pasado alguna vez?”. La identificación en la ficción juega un papel fundamental (menos en Brecht que era muy brechtiano e iba a lo suyo), pero eso no significa que porque algo sea verdad sea gracioso. “¿Os habéis fijado que siempre que engordamos no nos caben los pantalones de cuando estamos más delgados?.” Esta frase es cierta, pero no es graciosa. Y mucho menos para el que ha subido un par de tallas.

Ya comentamos como en el homenaje póstumo a George Carlin, maestro entre lo maestros, Louie CK, discípulo aventajado, contaba como cambió su estilo cuando empezó a hablar de lo que realmente le afectaba, aunque ello fuera algo tan políticamente incorrecto como insultar o querer asesinar a sus hijas. Toda una lección.

Una pregunta que me han hecho en más de una ocasión es: ¿Cuando se escribe mejor? ¿A qué hora? En mi caso suele ser a escasas horas de tener que entregarlo o finalizarlo. Si bien es cierto que hay gente más propensa a estar creativo de mañana o de tarde o de noche (creativos diurnos o nocturnos), yo he tenido la suerte o la desgracia de tener que escribir bromas (e incluso en ocasiones interpretarlas) recién despertado, a media tarde, de madrugada y a veces medio dormido. A todo se acostumbra uno. Es una cuestión de práctica. Lo importante es escribir.

Cantidad produce calidad. Si sólo escribes algunas cosas, estás condenado.

Ray Bradbury Escritor Cuantitativo

Al folio en blanco se le vence escribiendo. No importa que no sea una genialidad revolucionaria. Basta con que tenga un sujeto, un verbo y un predicado. Y a veces ni eso. Escribir de más nunca está de más. Ya vendrá el momento de la reescritura, donde solo sobrevivirán los más fuertes. Los grandes autores son grandes no por la cantidad de material que publican, sino por la cantidad que desechan. Y hay tanto que desecharan vez venzamos a la hoja en blanco...

Lorenzo Silva  Escritor concretador

Padecí, como muchos, el martirio de sentarme ante un folio virgen con afán de mancharlo de algo impreciso y sublime. Pero hace muchos años que no he vuelto a pasar por el ominoso trance. Mi truco: nunca salgo a pelear sin haber cargado a conciencia mi arma, y nunca la empuño (salvo fuerza mayor) sin cerciorarme de que estoy despejado para hacer buena puntería. No escribas sin algo concreto que contar. Con eso, y la mente bien despierta, el folio o la pantalla en blanco son el más placentero campo de maniobra.

Si no sabes como empezar, haz como Ricky: di la verdad.

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